Imagina por un momento que llegas a la casa de un amigo, con la esperanza de oír a un tercero hacer un discurso, pero llegas poco después de que haya acabado. "¡Ay carachas!" exclamas para tus adentros, "realmente quería escucharlo hablar." Afortunadamente dicha persona sigue en el lugar, y tu amigo la invita a discutir contigo. Como tanto éste personaje (al cual llamaremos Gorgias) como tú (apodado Sócrates) tienen cierta fama en la ciudad por su forma de hablar todos los invitados se acercan con curiosidad.
Empiezan a discutir sobre para qué sirven los discursos y cómo estos hacen a un hombre de bien, pero poco a poco te vas dando cuenta de que este tal Gorgias no parece saberlo muy bien. Además, tiene la molesta tendencia de no responder a tus preguntas, sino más bien contestarlas de forma que él quede bien. Ugh.
Al rato entra a la discusión un amigo de Gorgias, alguien llamado Polo al que haz visto un par de veces en el pasado, y te acusa de estar manipulando la discusión para hacer quedar mal a Gorgias. ¿Perdón? Hasta ahora todas las preguntas que haz hecho han sido honestas, por lo cual es un poco sorprendente esa afirmación. En cualquier caso, Gorgias se fue a buscar algo con qué refrescarse la garganta y es probable que quiera descansar un poco (a fin de cuentas, los años no vienen solos), por lo cual decides discutir ahora con Polo.
Como es común en las discusiones, van pasando de un tema al otro, hasta llegar a la cuestión de la injusticia, y si es mejor ser el que la sufre al que la causa. Tú sostienes que es mejor sufrirla, pues el causarla es como tener una enfermedad, mientras que Polo dice que es mejor lo contrario. Nuevamente, una pregunta lleva a la otra, y te empiezas a dar cuenta de que este tal amigo de Gorgias tampoco es tan bueno respondiendo preguntas como echando cháchara. ¿Qué está pasando?
Finalmente entra a la discusión Calicles, un viejo amigo tuyo, que parece un tanto cansado de tanta charla y dice que eso de la justicia es una pendejada inventada por los débiles para controlar a los mejores. ¿Quienes son los mejores? Tu amigo no parece tenerlo muy claro, tampoco, pero insiste en que ellos son los que deben mandar a los demás. Por algún motivo insiste en que los mejores son los que pueden complacer sus deseos, pero a ti te parece que eso es básicamente ser esclavo de los mismos. Todo es muy confuso.
Al rato se va notando que ambos están cansados. Ya está tarde, y el prospecto de un largo camino a casa o tener que escuchar las quejas de Jantipa (tu esposa) sobre cuanto tiempo pasas en el Ágora no te animan mucho. Además, de todo lo que se ha hablado no han salido casi respuestas, lo cual te empieza a estresar. Calicles está mamado desde hace ya un buen rato y es evidente que te contesta para que lo dejes ir una vez la discusión termine. Las cosas no lucen bien.
De pronto tu adversario dice que la filosofía no sirve para nada y que eres incapaz de defenderte a ti mismo. "Al carajo" piensas. ¿Y qué si no te puedes defender? Tras una larga tarde de charla, crees que es oportuno cerrar con este tema. ¿Por qué discutes? Por una curiosidad honesta que te lleva a querer aprender cosas, a descubrir el mundo y a ayudar a los demás a hacer lo mismo. Que si te quieren condenar a muerte que coman mute, no tienes nada que temer. Tuviste una buena vida, y tendrás una buena muerte.
Aparte de la conexión temática, todos los interlocutores de Sócrates (aunque un compañero propuso que incluso éste) tienen algo en común: todos tienen una habilidad impresionante para decir algo tras una pregunta sin responderla. Por eso adjunte La Payada de la Vaca, de Les Luthiers, al principio de la entrada. Me parece que es un muy buen ejemplo de esta actitud de embolatar la respuesta hasta que sepamos qué es lo que se espera de nosotros. En la canción, la persona que tiene que responder el acertijo se concentra mucho en complacer a quien le hace la pregunta (que es casi tan cansón como Sócrates en este dialogo), en decirlo con elegancia, sin hacer tanta alharaca, al punto de que al final casi olvida contestar la adivinanza.
¿Pero por qué traigo todo esto a colación? Me parece que es importante mirarnos al espejo en este aspecto.
Nuestra profesora de historia nos comentó que en un programa alemán a mediados del siglo pasado, adaptando ligeramente los términos usados en este diálogo, lo interpretaron como un debate del momento. Los espectadores, una vez acabado el episodio, llamaron al programa a felicitarlos, diciéndoles que por fin la televisión alemana se concentraba en problemas actuales.
Nuestra profesora de historia nos comentó que en un programa alemán a mediados del siglo pasado, adaptando ligeramente los términos usados en este diálogo, lo interpretaron como un debate del momento. Los espectadores, una vez acabado el episodio, llamaron al programa a felicitarlos, diciéndoles que por fin la televisión alemana se concentraba en problemas actuales.
El diálogo trata temas que parecen ser inherentes al hombre, que siempre que haya alguien para quejarse serán actuales. Y de todo lo que habla, quiero resaltar éste punto en particular: ¿Realmente estoy respondiendo lo que se me pide? Ya sea porque no sabemos la respuesta o porque queremos quedar bien, es una preocupación sensata el dudar de nuestras respuestas. Hoy día (y con eso quiero decir desde siempre) vivimos en un mundo en el que los debates son algo muy común. De los políticos haciendo campaña prometiendo arreglar hasta los problemas que no tenemos a la señora peleando con el ayudante de la flota sobre las vueltas, los debates están en todos lados. Y lo que me parece que los hace tan importantes es que con frecuencia son públicos, por lo cual causan una reacción en los demás con respecto nuestro.
Esto me recuerda a la forma en la que mi padre habla de este tipo de discusiones: los debatientes son los gladiadores modernos. Vitoreamos cada vez que nuestro "gladiador" da un golpe, abucheamos cuando lo vemos caer, y esperamos ansiosos el veredicto del cesar una vez acabada la masacre. En este sentido los debates son un espectáculo: nos importan los resultados, no las conclusiones.
En lo personal creo que esta actitud deriva de nuestro orgullo. Ya sea que queramos proyectar una imagen propia para que los demás nos admiren o estemos ocultando nuestra ignorancia, la idea es no dejarnos ver. Y esto es algo que se refleja en la forma en la que discutimos hoy día: no buscamos la verdad sino tener la razón, que se nos conceda que ganamos. Y en el Gorgias vemos esas dos actitudes chocando. El yo sé (que por lo general termina siendo yo qué sé) contra el yo no sé, pero quiero saber.
Entonces, ¿Para qué discutimos? ¿Queremos es mostrarnos de una forma o llegar a conclusiones honestas? Creo que nos hace falta reflexionar al respecto. Mirar dentro y ver cuales son nuestras intenciones. Sólo podemos empezar a caminar si sabemos donde estamos y a donde queremos ir.
Así que si estamos discutiendo y nos da la impresión de que estamos simplemente parloteando en vez de responder, propongo que deberíamos parar, devolvernos y con un poco de humildad (y, por qué no, elegancia) preguntar ¿No se ofende si le pido, me repite la pregunta?
Así que si estamos discutiendo y nos da la impresión de que estamos simplemente parloteando en vez de responder, propongo que deberíamos parar, devolvernos y con un poco de humildad (y, por qué no, elegancia) preguntar ¿No se ofende si le pido, me repite la pregunta?
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