Desde que entré a la universidad he aprendido muchas cosas, un buen número de las cuales las he aprendido por fuera de clase. La mayoría de estas no son conocimientos concretos, sino más bien han sido el descubrimiento de cosas que ignoro. Una de estas lecciones ha venido de Punto Sándwich.
Punto Sándwich es básicamente lo mismo que un Subway: pides un sánduche (que es como prefiero llamarlo), te preguntan en que pan lo quieres, y tras unos minutos te lo entregan. Nada del otro mundo... ¿Verdad?
La verdad es que estoy inclinado a pensar lo contrario. Y no porque sepa que es lo extraordinario de este local, sino porque sé que eso que lo hace especial escapa mi conocimiento. En otras palabras, sé que no sé. Esto lo he notado cada vez que voy a comprar mi almuerzo allá. Y es esta consistencia lo que me da cierta certeza.
No se si los que han comprado allá se hayan fijado mucho en el proceso de empacado (la parte en la que envuelven el sánduche en papel antes de cortarlo en dos). Lo que me ha sorprendido enormemente de esto es el cuidado con el que lo hacen. Una de las mujeres encargadas de hacerlo lo hace con un cuidado y cariño (o al menos así lo parece) por fuera de lo normal. Da la impresión de que lo estuviera envolviendo para su hijo antes de ponerlo en su lonchera del colegio.
El otro caso es el de un joven que, a diferencia de su compañera, se esfuerza por hacerlo con mayor velocidad. Pero el mismo cuidado se ve en su forma de hacerlo. No es una rapidez desinteresada, no lo hace por salir rápido de eso y ya. Hay una atención particular que se nota en sus movimientos.
Ambos lo tratan como si fuera un tesoro, una especie de pequeño milagro, como si fuera algo frágil y precioso que mereciera ser protegido a toda costa.
¿Cuanto vale, realmente, un sánduche? Creo que eso es algo que se nos escapa a la mayoría de nosotros. Nadie trata como precioso algo que no lo es, así sea tan sólo un poco. ¿Qué es lo que nos impide ver lo que está en nuestras narices?
Escribiendo ésto se me ocurrió la idea de que, tanto la mujer cómo el joven, no ven el sánduche como un alimento y ya, sino como el almuerzo de alguien. Es como si nos vieran como a un hijo o un hermano menor. Quizá nos vean como compañeros y no como simples clientes.
Sin importar lo que sea, creo que el misterio del sándwich es algo en lo que vale la pena meditar.
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