miércoles, 27 de septiembre de 2017

La distracción como método de desarrollo

Nota previa: Este ensayo es una tarea que hice para uno de mis cursos, en el cual la idea era, partiendo de una frase célebre, desarrollar un texto hablando del tema. Yo elegí una frase de Chesterton con la que me siento muy identificado: "No soy distraido. Es la concentración la que me impide notar todo lo demás." (I am not absentminded. It is the presence of mind that makes me unaware of everything else). En honor al príncipe de la paradoja (título dado a Chesterton por lo mucho que las usaba), se me ocurrió pintar la distracción como algo positivo. Curiosamente, por jugar con el lenguaje, mi profesor me llamó sofista (a modo de broma... espero). Mi intención era iniciar una discusión sobre el tema. Sin más, aquí esta mi texto, el cual espero genere algún tipo de inquietud sobre la distracción.


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Todos hemos pasado por momentos de distracción a mitad de un trabajo o una lectura. Esto nos suele resultar frustrante, ya que el tiempo va pasando pero no se ve mucho progreso. ¿Pero realmente es tan mala la distracción para el proceso creativo?

Desde un punto de vista más bien romántico, podríamos definir la distracción no como el abandono total de un tema, sino como la forma en la que la mente se vuelve en sí misma, liberándose de algunas reglas para expandirse y crecer. Como dijo J. R. R. Tolkien, ``no todos los que deambulan están perdidos'' (Not all those who wander are lost.), y creo que éste es el caso con la mente cuando se distrae; ella sabe perfectamente dónde está, lo que quiere descubrir es hasta donde puede llegar.

Dicho esto, creo que vale la pena aclarar que la distracción puede venir de dos fuentes distintas: una externa y otra interna. La primera deriva de algún suceso ajeno a nosotros, como lo sería la risa de alguien cerca nuestro. La segunda inicia cuando relacionamos, consciente o inconscientemente, el tema que estamos desarrollando con algo más. Aunque la distracción externa también nos puede mostrar este tipo de conexiones mediante qué cosas ignoramos y qué otras no, creo que la interna es mucho más natural y provechosa.

Por partir del tema en el que estamos pensando, el distraernos nos puede ayudar a hacer explícitas las cadenas de pensamiento que hacemos de manera inconsciente. Si relacionamos una cosa con otra, ya sea algo obvio o más bien sutil, estamos viendo un camino por el cual se podría desarrollar la idea. Y cuando tenemos en cuenta múltiples conexiones podemos profundizar aún más.

Estas cadenas nos ayudan no solamente a ver la relación de algo con nuestro "mundo interno", sino también con el externo. Cuando juntamos varias ideas, les estamos dando un contexto, un hábitat en el cual vivir. De esta manera podemos crear un ambiente en el cual la idea se desarrolle más allá de sus límites aparentes. Así es cómo cobra vida y entra a participar en el mundo real.

Curiosamente, aunque distraernos puede ayudar a realizar (en el sentido de hacer real) pensamientos, no parece tener muy en cuenta las leyes de la realidad, o al menos aquellas que considera innecesarias. Así es cómo podemos innovar, ya que para hacerlo necesitamos borrar el horizonte e ir más allá del mismo, pero sin borrar el espacio para tener un dónde al cual ir.

Esta libertad es la que necesitamos para filosofar. Y con esto me refiero a descubrirnos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea, que no es sólo algo que hacemos sino que también define quiénes somos. Las conexiones que notamos nos dicen mucho sobre nuestra forma de pensar y de ver el mundo, temas en los que no pensamos por estar distraídos en otras cosas y sobre los cuales valdría la pena meditar.

Creo que la distracción tiene (o nos da) mucho potencial. Como cualquier hábito, tiene la capacidad de volverse un vicio o una virtud, dependiendo de cómo la usemos. Me parece provechoso, cuando menos, pensar en ella no tanto como la puerta de salida al caos, sino más bien como la llave de entrada a un mundo interior por descubrir. Así que busquemos ambientes que no sólo nos ayuden a concentrarnos mejor, sino que también nos ayuden a distraernos mejor.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿No se ofende si le pido, me repite la pregunta?


Imagina por un momento que llegas a la casa de un amigo, con la esperanza de oír a un tercero hacer un discurso, pero llegas poco después de que haya acabado. "¡Ay carachas!" exclamas para tus adentros, "realmente quería escucharlo hablar." Afortunadamente dicha persona sigue en el lugar, y tu amigo la invita a discutir contigo. Como tanto éste personaje (al cual llamaremos Gorgias) como tú (apodado Sócrates) tienen cierta fama en la ciudad por su forma de hablar todos los invitados se acercan con curiosidad.

Empiezan a discutir sobre para qué sirven los discursos y cómo estos hacen a un hombre de bien, pero poco a poco te vas dando cuenta de que este tal Gorgias no parece saberlo muy bien. Además, tiene la molesta tendencia de no responder a tus preguntas, sino más bien contestarlas de forma que él quede bien. Ugh. 

Al rato entra a la discusión un amigo de Gorgias, alguien llamado Polo al que haz visto un par de veces en el pasado, y te acusa de estar manipulando la discusión para hacer quedar mal a Gorgias. ¿Perdón? Hasta ahora todas las preguntas que haz hecho han sido honestas, por lo cual es un poco sorprendente esa afirmación. En cualquier caso, Gorgias se fue a buscar algo con qué refrescarse la garganta y es probable que quiera descansar un poco (a fin de cuentas, los años no vienen solos), por lo cual decides discutir ahora con Polo.

Como es común en las discusiones, van pasando de un tema al otro, hasta llegar a la cuestión de la injusticia, y si es mejor ser el que la sufre al que la causa. Tú sostienes que es mejor sufrirla, pues el causarla es como tener una enfermedad, mientras que Polo dice que es mejor lo contrario. Nuevamente, una pregunta lleva a la otra, y te empiezas a dar cuenta de que este tal amigo de Gorgias tampoco es tan bueno respondiendo preguntas como echando cháchara. ¿Qué está pasando?

Finalmente entra a la discusión Calicles, un viejo amigo tuyo, que parece un tanto cansado de tanta charla y dice que eso de la justicia es una pendejada inventada por los débiles para controlar a los mejores. ¿Quienes son los mejores? Tu amigo no parece tenerlo muy claro, tampoco, pero insiste en que ellos son los que deben mandar a los demás. Por algún motivo insiste en que los mejores son los que pueden complacer sus deseos, pero a ti te parece que eso es básicamente ser esclavo de los mismos. Todo es muy confuso.

Al rato se va notando que ambos están cansados. Ya está tarde, y el prospecto de un largo camino a casa o tener que escuchar las quejas de Jantipa (tu esposa) sobre cuanto tiempo pasas en el Ágora no te animan mucho. Además, de todo lo que se ha hablado no han salido casi respuestas, lo cual te empieza a estresar. Calicles está mamado desde hace ya un buen rato y es evidente que te contesta para que lo dejes ir una vez la discusión termine. Las cosas no lucen bien.

De pronto tu adversario dice que la filosofía no sirve para nada y que eres incapaz de defenderte a ti mismo. "Al carajo" piensas. ¿Y qué si no te puedes defender? Tras una larga tarde de charla, crees que es oportuno cerrar con este tema. ¿Por qué discutes? Por una curiosidad honesta que te lleva a querer aprender cosas, a descubrir el mundo y a ayudar a los demás a hacer lo mismo. Que si te quieren condenar a muerte que coman mute, no tienes nada que temer. Tuviste una buena vida, y tendrás una buena muerte.

Para una información (ligeramente) más formal del diálogo les dejo el link de la página del Gorgias en Wikipedia.

Aparte de la conexión temática, todos los interlocutores de Sócrates (aunque un compañero propuso que incluso éste) tienen algo en común: todos tienen una habilidad impresionante para decir algo tras una pregunta sin responderla. Por eso adjunte La Payada de la Vaca, de Les Luthiers, al principio de la entrada. Me parece que es un muy buen ejemplo de esta actitud de embolatar la respuesta hasta que sepamos qué es lo que se espera de nosotros. En la canción, la persona que tiene que responder el acertijo se concentra mucho en complacer a quien le hace la pregunta (que es casi tan cansón como Sócrates en este dialogo), en decirlo con elegancia, sin hacer tanta alharaca, al punto de que al final casi olvida contestar la adivinanza.

¿Pero por qué traigo todo esto a colación? Me parece que es importante mirarnos al espejo en este aspecto.

Nuestra profesora de historia nos comentó que en un programa alemán a mediados del siglo pasado, adaptando ligeramente los términos usados en este diálogo, lo interpretaron como un debate del momento. Los espectadores, una vez acabado el episodio, llamaron al programa a felicitarlos, diciéndoles que por fin la televisión alemana se concentraba en problemas actuales. 

El diálogo trata temas que parecen ser inherentes al hombre, que siempre que haya alguien para quejarse serán actuales. Y de todo lo que habla, quiero resaltar éste punto en particular: ¿Realmente estoy respondiendo lo que se me pide? Ya sea porque no sabemos la respuesta o porque queremos quedar bien, es una preocupación sensata el dudar de nuestras respuestas. Hoy día (y con eso quiero decir desde siempre) vivimos en un mundo en el que los debates son algo muy común. De los políticos haciendo campaña prometiendo arreglar hasta los problemas que no tenemos a la señora peleando con el ayudante de la flota sobre las vueltas, los debates están en todos lados. Y lo que me parece que los hace tan importantes es que con frecuencia son públicos, por lo cual causan una reacción en los demás con respecto nuestro.

Esto me recuerda a la forma en la que mi padre habla de este tipo de discusiones: los debatientes son los gladiadores modernos. Vitoreamos cada vez que nuestro "gladiador" da un golpe, abucheamos cuando lo vemos caer, y esperamos ansiosos el veredicto del cesar una vez acabada la masacre. En este sentido los debates son un espectáculo: nos importan los resultados, no las conclusiones.

En lo personal creo que esta actitud deriva de nuestro orgullo. Ya sea que queramos proyectar una imagen propia para que los demás nos admiren o estemos ocultando nuestra ignorancia, la idea es no dejarnos ver. Y esto es algo que se refleja en la forma en la que discutimos hoy día: no buscamos la verdad sino tener la razón, que se nos conceda que ganamos. Y en el Gorgias vemos esas dos actitudes chocando. El yo sé (que por lo general termina siendo yo qué sé) contra el yo no sé, pero quiero saber.

Entonces, ¿Para qué discutimos? ¿Queremos es mostrarnos de una forma o llegar a conclusiones honestas? Creo que nos hace falta reflexionar al respecto. Mirar dentro y ver cuales son nuestras intenciones. Sólo podemos empezar a caminar si sabemos donde estamos y a donde queremos ir.

Así que si estamos discutiendo y nos da la impresión de que estamos simplemente parloteando en vez de responder, propongo que deberíamos parar, devolvernos y con un poco de humildad (y, por qué no, elegancia) preguntar ¿No se ofende si le pido, me repite la pregunta?

miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿Cuanto Vale un Sándwich, mi Monis?

Desde que entré a la universidad he aprendido muchas cosas, un buen número de las cuales las he aprendido por fuera de clase. La mayoría de estas no son conocimientos concretos, sino más bien han sido el descubrimiento de cosas que ignoro. Una de estas lecciones ha venido de Punto Sándwich.

Punto Sándwich es básicamente lo mismo que un Subway: pides un sánduche (que es como prefiero llamarlo), te preguntan en que pan lo quieres, y tras unos minutos te lo entregan. Nada del otro mundo... ¿Verdad?

La verdad es que estoy inclinado a pensar lo contrario. Y no porque sepa que es lo extraordinario de este local, sino porque sé que eso que lo hace especial escapa mi conocimiento. En otras palabras, sé que no sé. Esto lo he notado cada vez que voy a comprar mi almuerzo allá. Y es esta consistencia lo que me da cierta certeza. 

No se si los que han comprado allá se hayan fijado mucho en el proceso de empacado (la parte en la que envuelven el sánduche en papel antes de cortarlo en dos). Lo que me ha sorprendido enormemente de esto es el cuidado con el que lo hacen. Una de las mujeres encargadas de hacerlo lo hace con un cuidado y cariño (o al menos así lo parece) por fuera de lo normal. Da la impresión de que lo estuviera envolviendo para su hijo antes de ponerlo en su lonchera del colegio. 

El otro caso es el de un joven que, a diferencia de su compañera, se esfuerza por hacerlo con mayor velocidad. Pero el mismo cuidado se ve en su forma de hacerlo. No es una rapidez desinteresada, no lo hace por salir rápido de eso y ya. Hay una atención particular que se nota en sus movimientos.

Ambos lo tratan como si fuera un tesoro, una especie de pequeño milagro, como si fuera algo frágil y precioso que mereciera ser protegido a toda costa. 

¿Cuanto vale, realmente, un sánduche? Creo que eso es algo que se nos escapa a la mayoría de nosotros. Nadie trata como precioso algo que no lo es, así sea tan sólo un poco. ¿Qué es lo que nos impide ver lo que está en nuestras narices?

Escribiendo ésto se me ocurrió la idea de que, tanto la mujer cómo el joven, no ven el sánduche como un alimento y ya, sino como el almuerzo de alguien. Es como si nos vieran como a un hijo o un hermano menor. Quizá nos vean como compañeros y no como simples clientes.

Sin importar lo que sea, creo que el misterio del sándwich es algo en lo que vale la pena meditar.